25 de noviembre de 2010

Un año de escuela en Trieste, de Giani Stuparich

Stuparich tiene un escribir sensorial, te planta fotografías ante los ojos, bien sea de entornos, bien de materia emocional, con el agravante de hacerlo con pocas palabras. La guinda de este libro es el sabor de primera mitad de siglo que te deja en la boca. Decir que es una novela de adolescentes es una sandez mayúscula, más bien entramos en la fase de transición a la edad adulta, con todos sus matices y vértices, que tanto juego le dió a Sándor Márai en Los rebeldes, introduciendo el componente amoroso que le falta a éste último. Lo que más me ha gustado es el resumen del libro que la propia protagonista, única chica en un instituto de Trieste, suelta a sus compañeros de clase: no habéis sabido ver en mí nada más allá de mi género. El señor Stuparich veía más allá de su propia época.

Recomendación: a quien guste de la mentada etapa de transición adolescencia-madurez con variante de género muy bien llevada.

NOTA DE PRÉSTAMO: Ha caído, porque La isla me dejó prendada. Son 12€ amortizados.

21 de noviembre de 2010

La cena de los infieles, de Beryl Bainbridge

Hace siglos que los "padres" de la literatura universal finiquitaron el concepto de tragicomedia teatral, otra cosa es la novela tragicómica contemporánea, como en este caso, de autora británica desapercibida totalmente en la jungla editorial de nuestros lares hasta el año de su muerte. Bainbridge hurga en la permanente dicotomía "qué coño hago yo con este tío" versus "por favor, no te vayas" y las cantidades industriales de materia emocional adherida que conlleva con un sentido del humor a prueba de bomba. Hacía tiempo que no me reía a carcajadas con un libro, éste lo ha conseguido, con las dosis de tragedia adecuadas y medidas,  llegando a un resultado óptimo. Y el final es perfecto. 

Recomendación: a quien quiera pasar un buen rato. Evasión de calidad.

NOTA DE PRÉSTAMO: Lo tenía fichado desde tiempo atrás y ha caído. Inversión amortizada.

14 de noviembre de 2010

Guisantes, de Bernhard Schlink

Contracubierta del relato: "El magnífico cuento que les ofrecemos trata del éxito, el poder y el amor (...)", ESTO es márketin, y no lo que hay por ahí. Nótese el adjetivo para una historia de un tío que a falta de llevar una doble vida familiar, se cepilla a la tercera, sale pitando del infierno que ha creado inventándose  un cáncer y vestido de monje,  (me voy a por tabaco), tiene un accidente y acaba en una silla de ruedas y con las tres tías , de amiguitas, salvándole el culo. Acaba como no podía ser de otra forma: pensando en meterse en política. Nada de avisos de "spoiler" y chorradas importadas: lo he destripado a posta, porque tiene de "magnífico" lo que yo de monja clarisa y porque me revienta que me mientan. El valor formal brilla por su ausencia, una cosa es el estilo "austero" y otra cosa es radiar una presunta fábula del hombre contemporáneo que no se encuentra a sí mismo aprovechando el tirón de ventas de, ese sí, un buen (que no magnífico) libro anterior.

Recomendación: a tíos que estén muy aburridos y no sepan qué hacer con su  existencia. Les dará ideas "magníficas".

NOTA DE PRÉSTAMO: Menos mal que pagué sólo (sí, lo escribo con tilde) un euro.

13 de noviembre de 2010

Tatami, de Alberto Olmos

Correcta novela corta que desarrolla una conversación en pleno vuelo Madrid-Tokio entre veinteañera vírgen y treintañero rarito-morboso. Se lee en una tarde y entre los méritos que le encuentro está la ironía en las réplicas de ella, y la evolución de la historia hacia un buen final. Por otro lado, el tema del voyeurismo me es tan ajeno como la física cuántica y respecto a la construcción  psicológica de ella: o bien no se ha conseguido la verosimilitud deseada (mi primer pálpito) o bien la ha bordado el autor y la tía me ha caído gorda. Lo que más me ha fastidiado de este libro es que yo quería leer otro (de salida, mejor que éste) del mismo autor y en la librería con más fondo de la ciudad sólo tenían el Tatami, mientras que las pilas de bodrios tipo David Monteagudo (es que aquello de los galgos me marcó mucho) me miraban al pasar camino de la caja.  No hay como el márketin torticero.

Recomendación: a quien quiera relato sobre voyeur con incontinencia verbal. 

NOTA DE PRÉSTAMO: Ya lo he dicho, yo iba a por otro y cayó éste.